Solecita
A mi la soledad me hizo mucho bien y lo sigue haciendo. Tal vez, ése era el punto. El de amigarme con ella. De no pelearnos más.
Ahora hemos llegado a hablarnos con cariño, yo le digo: —Solecita—, y ella me llama con un solo fonema, compuesto por la primera y la última letra de mi nombre.
Ella me ha presentado multitudes de pasatiempos. Entre ellos los libros, observar y reírnos como un par de locas.
Me tuvo mucha paciencia, pues, yo me enredé con una serie de bandidos de tiempo. Unos llamados amigos y otros novios, los cuáles fueron desfilando uno tras otro hasta perderse en el desfiladero.
En cuanto a la familia, ella me hizo entender la sabiduría popular. Después de una cierta edad, la harina de un costal ya es harina de otro costal, y que yo, aunque solterona, nada que ver ahí dónde no me llaman y aunque me llamen pues no, nada qué ver.
Así me hice doña solterona, sin hijos de tierra ni aire. Yo a los santos, ni los vestía ni los desvestía.
Y para no incomodar a persona con mi presencia, lo hice con mi ausencia. Me perdí de fiestas familiares, bodas, bautizos y demás.
Una vez me fuí al Tíbet, en otra ocasión, fuí a la tierra de los Incas y en otra a Grecia. Todo, planeado y organizado por Solecita, y pagado por mí, claro está.
Así fue como Sol y yo logramos una bella mancuerna.
Hasta que llego él. Y ahora somos cuatro, dos con sus soledades respectivas.
Los fines de semana, tomamos vino con queso y reímos descaradamente de las cosas más simples que nos presenta la vida.Y cuando nos miran tan contentos, a alguien se le ocurre invitarnos a convivir, a lo qué respondemos que no podremos por las múltiples ocupaciones que tenemos con nuestra chifladez. Tal vez, vayamos ése fin de semana a mirar la aurora boreal ó literal, literal "ver si ya puso la marrana".
¿Quién sabe que se le ocurrirá a Solecita o a Solecito para el siguiente fin de semana?
¿Ó para los próximos veinte años?
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